No sé decir a ciencia cierta cuál es la razón, pero en estos días en Hong Kong no he podido apenas conciliar el sueño. Quizá sea el “jet lag” y las 6 horas de diferencia, no lo sé. Pero la verdad es que se hace raro.
Llevo ya 15 días de viaje (cómo pasa el tiempo) y cada jornada, verdaderamente, es más que completa. A menudo (prácticamente todos los días) llego hasta altas horas de la madrugada despierto. De hecho, trabajando. Escribiendo líneas como estas. Subiendo fotos, vídeos, charlando vía mensajería instantáea… Compartiendo mi aventura. Y lo hago con muchas ganas. De hecho, me apetece más que intentar dormir. Es extraño.
Pero, bueno, como quiera que sea, tampoco me levanto especialmente cansado cada mañana. Hombre, levantarme me cuesta, no os voy a engañar. Pero luego el día se hace más que llevadero. Será por las ganas de ver, de apuntar, de aprender, de vivir, de disfrutar; de contar. Será.

Mi último día completo en Hong Kong comenzó con ese planteamiento matutino. Y con una sorpresa. Lluvia. Tenía mala pinta el día. Había manejado varias alternativas para completar mi periplo por estas tierras. Una de ellas, casi la más apetecible, por exótica, era embarcarme en uno de los ferrys que, casi cada rato, parten hacia la vecina Macao. Macao es una ex colonia portuguesa que comparte con Hong Kong la excentricidad de ser, desde el mismo día, la otra región administrativa especial de China. Vaya, que es prácticamente un país independiente. Y diferente. Porque tiene reminiscencias portuguesas y, a la sazón, europeas (edificios colonialistas, comida, costumbres y lengua) y porque se ha convertido en lo más parecido a Las Vegas pero en Asia. Y estaba a más o menos una hora en barco. Sin embargo, el viajecito me habría llevado todo el día y me quedaban aún bastantes cosas pendientes en mi verdadero destino.

Así, por decisión mañanera (o quizá, incluso, por decisión atribuíble a ese periodo de no conciliación somnífera), partí con intención de hacer otra interesante excursión, pero más cercana. En la isla de Lantau, otro de los territorios de Hong Kong, está el conocido monasterio de Po Lin, que alberga en sus proximidades una de las figuras de Buda más conocidas del planeta. El Gran Buda. Cuando llegué allí, después de un largo camino en MTR, primero, y en autobús después (cuidado con las curvas), el día no había hecho sino empeorar. El lugar se encuentra en pleno paraje natural (soleado debe de ser precioso) pero en medio de un manglar. Moraleja: la niebla y la lluvia protagonizaban la escena y yo, nada más bajar del autobús, buscaba al Buda que se tenía que ver en algún sitio y por allí no estaba.

De repente, empezó a llover un poco más, lo que aprovechó la niebla para irse un rato a paseo y dejarme ver la grandiosa figura en cuestión. Como cuento en el vídeo, no es el más grande del planeta pero sí que es el más grande de los que son de bronce, sentado, y en exteriores. Ante él, un montón de escalones. Unos 260. Aupa. La subida, del tirón, es cansada de narices. Pero arriba merece la pena. Aunque casi ni se vea. Allí me pilló una buena tromba de agua. Así que, a resguardarse en el interior del museo, justo debajo de la imagen. La lluvia pasó a ser un aguacero en apenas un segundo. El gris se volvió negro. Pero al cabo de 20 minutos, cesó. Y bajé corriendo. Y en ese momento pude ver como la niebla había decido, del todo, largarse. Y pude ver la imagen, imponente, sobre mi cabeza. Inflige respeto. Cuanto menos, respeto.

Gran Buda


El Gran Buda por pedroja

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El Gran Buda por pedroja

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El Gran Buda por pedroja

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Pero como yo soy más de ciencia que de fe, de la misma forma que subí, bajé después. Y me fui a comer, que el estómago es ajeno a las creencias. Eso sí, comí sano. Los monjes budistas del monasterio ofrecen un restaurante vegetariano a un precio asequible que es totalmente recomendable si se va allí a pasar la jornada. La cantidad de la comida es ingente, por cierto. Seguramente sobró más de el triple de lo que pude comer.


Restaurante vegetariano por pedroja

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Y de regreso. El día no ayudaba para andar de excursión. Había una lluvia constante y una niebla algo incómoda, así que me refugié un rato en el hotel a seguir colocando palabras concatenadas y aderezaras con imágenes estáticas y en movimiento.
Más tarde, había quedado de nuevo a cenar con Miquel y Nuria. Me habían prestado una guía del lugar (gracias) y, además, me apetecía despedirme. Fue una cena muy interesante. Me llevaron a un sitio de esos que sólo se conoce viviendo por aquí. Un restaurante en el que el nombre es lo de menos. Un restaurante chino en Hong Kong, de los de verdad. Donde ellos comen. Y nos dimos un festival de noodles de todo tipo: fritos, al wok., largos, finos… De todas formas, en momentos así la comida sólo es un aderezo. Con tan grata compañía se disfruta una barbaridad.

De vuelta al hotel, no pude evitar pasarme por los mercadillos de Mongkok. Ladies Market en Mongkok es, de hecho, uno de los más conocidos del mundo. Todas esas calles cercanas merecen ser conocidas y pateadas por el turista. Es una sensación curiosísima. Sobre todo de noche. Además, durante este rato, salió a reducir mi instinto más friki. No pude evitarlo y terminé cayendo en la tentación. Una de mis grandes pasiones son los juegos de mesa. Muchos de ellos de los que jamás habréis oído hablar (es una lástima, que es un mundo apasionante). Y en China, hay un juego de mesa (hay varios) que es mítico. El majhong. Y en los mercadillos venden unos chulísimos con cajas artesanas. Y uno es débil.

Y al día siguiente, a viajar de nuevo. A pasar página. A coger las maletas y partir hacia Singapur. Cuatro horas de vuelo y otro sello más en el visado. Os seguiré contando.