Calles favela

Creo que la historia de hoy es, hasta ahora, la más impresionante que he contado desde que comencé esta aventura. Y seguramente también de lo que llevo de vida. Las cosas que no se esperan suelen ser más impactantes.

Lo cierto es que cuando venía para Río no pensaba ni acercarme a una favela. Estamos muy influenciados por las historias que cuentan los medios de comunicación, fascinados tambien por la cruda realidad de películas tan fabulosas como “Ciudad de Dios”. Quizá viciados.

Pero luego, como dicen por acá, las cosas acontecen. Paseando por la playa de Copacabana (eso sí, sin sol y sin apenas ambiente), un hombre, argentino, se acercó y nos empezó a ofrecer sus servicios de guía. Raúl, que así se llama este bonaerense, tiene ese don de saber ganarse a la gente si le das un tiempo para escuchar lo que tiene que contar. Y lo hizo. No sé decir la razón, pero terminamos confianzo en su palabra y en sus historias. En su labia. Y nos recomendó absolutamente visitar una Favela. Con él haciendo de guía y con la máxima seguridad garantizada. Nos dijo que no es lo que todos pensamos. Nos dijo que estar en la Favela para el turista es estar más seguro que en Copacabana. Nos habló de otros españoles que han ido con él y de que todos piensan que es la mejor excursión de Río de Janeiro.

Y como hemos venido a jugar, que diría mi amigo Camina, allá que fuimos. Raúl nos había recomendado que fuéramos sin comer. Que nos iba a llevar a un sitio en el que se come mejor que en toda Copacabana. Que si después encontrábamos un sitio mejor, él se pagaba unas cervezas. Así que quedamos con él a las 2 de la tarde. Para que os hagáis una idea de cómo fue todo por la favela, os diré que llegamos al hotel a la 1 de la madrugada.

Antes de subir, Raúl nos explicó todas las reglas. Son importantísimas. Fundamentales. Cumpliéndolas bien, aseguraba, no tendréis ni un sólo problema. Pero hacedlo. Las reglas para el turista en la favela son fáciles y conviene grabarlas a fuego:

1. No hacer fotos cuando el guía diga que no hay que hacer fotos. Retratar a un traficante puede meterte en un buen lío.
2. No mirar a las mujeres descaradamente y sobre todo no hablar con ellas si no lo hacen primero. Nunca sabes de quien puede ser la mujer, la hija, la hermana…
3. No preguntar. Nunca. A nadie. Si preguntas, pueden sospechar de ti. Puedes ser policía infiltrado o miembro de una banda rival.

En Río, según nos contó Raúl, hay cientos de favelas. Y hay tres grandes bandas de traficantes de drogas que controlan todas y cada una de ellas. Es territorio prohibído para los clanes rivales y más les vale. Cuando alguna banda intenta entrar en otra de las favelas para aumentar su negocio y controlarla es cuando hay problemas. Guerras civiles. Muertes. Asesinatos. Violencia. Es su ley.

Nosotros fuimos a la favela de “A Rosinha”. La más “importante” de la ciudad. 200.000 personas viven allí en casas construídas por sus propias manos y que sorprenden totalmente al visitante. Por sus propias infraestructuras y por su realidad arrolladora.

Mirador en favela

En A Rosinha todas las casas tienen título de propiedad. Se la construyen y se van al Gobierno a comunicárselo. Ellos les dan un título y les hacen pagar impuestos. Aunque a menor coste que en la ciudad. Tienen luz en todas las casas. Y agua potable. Y televisión por cable. Y pantallas de plasma de 50 pulgadas. E Internet. Aunque las casas por fuera engañen y estén apiladas, sucias, tétricas… Dentro no son lo que parecen.


Calles de la favela "A Rosinha" por pedroja

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El 80% de los que pueblan la favela son trabajadores. Como tú y como yo. Gente que regenta comercios, peluquerías, tiendas de comida, restaurantes, bares, taxistas, conductores de autobús. Y el 20% están metidos en el negocio de las drogas. Y son los que generan sus propias leyes y las hacen cumplir a conciencia.

Pasear por las calles de la favela es estar continuamente con la boca abierta. La gente te saluda al cruzarte por las callejuelas laberínticas, niños y familias enteras juegan en las avenidas, centenares de motos suben y bajan constantemente por las arterias principales y multitudes pasean por allí.

Mientras, en cada esquina importante, ahí están. “Los chicos”, como los llama Raúl. Traficantes de droga. Al aire libre, sentados en una silla. Con unas mochilas y bolsas de plástico descubiertas. Sentados o en pie. Y esperando. Llegan clientes. A montones. y ahí, en vivo, ves la transacción. Uno que paga y otro que vende. Y esos niños jugando, y esas madres paseando, y esas familias comprando, al lado. Y nadie se sorprende. Y nadie denuncia. Y nadie lo nota como no cotidiano.

Y, justo enfrente, a 50 metros, quizá 100, la Policía. Por si acaso ocurre algo que se salga de esa exótica rutina.

El turista, cumpliendo las reglas, nunca siente amenazada su seguridad. Nunca. Ni un segundo. Eso sí, después de bajar ciertos callejones, en cualquier momento, Raúl nos paraba: “En cuanto doblemos esa esquina, podéis seguir con la cámara en la mano pero no se os ocurra tirar fotos. Ahí están los traficantes. Los chicos”. En una de esas veces, una de las anécdotas más curiosas de la travesía: uno de los traficantes estaba rodeado de niños; seguramente sus hijos o hermanos pequeños. Como es costumbre, al pasar por delante nos saludaron. Y devolvimos el saludo. Los niños, con una sonrisa de oreja a oreja, nos decían en portugués: “fotos, fotos. Hacednos fotos”. Y reían. Al lado, el traficante, simpático y más que agradable a nuestra vista: “No, no les hagáis caso. Están locos. No saben lo que dicen”. Y reía mientras movía el dedo índice alrededor de su sién dibujando un círculo en el aire. Obviamente, no se nos pasó por la cabeza hacer caso a los niños. Inocentes.

Al principio del paseo, Raúl nos llevó a un lugar de los más fascinantes que he visto nunca. Una casa particular con una azotea que permite subir al turista para ver unas vistas indescriptibles. A 700 metros de altura. Rodeado de paredes enormes y naturales; y verdes; rodeado de casas hechas a mano. Un mirador en una favela. Vislumbrando tanques de agua potable en cada edificio (por cada tanque, una familia que vive en esa vivienda). Y con el barrio más rico de todo Río de Janeiro justo a diez pasos. De la última casa de la favela a la primera de Gavia sólo hay que cruzar una calle.

Mirador en Favela


Un mirador en una favela por pedroja

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Y a comer. De repente, nos encontramos en una calle plagada de negocios. Para que os hagáis una idea de lo equivocamos que estamos desde fuera, en la favela de A Rocinha hay 3 bancos. Dentro. Y numerosos comercios. Y restaurantes a los que va a cenar mucha gente también de fuera. Y en uno de ellos nos sentamos. Íbamos a comer en un restaurante en la Favela. En la mejor mesa, decía Raúl. Yo pido por vosotros. Al rato, un plato enorme con una carne exquisita (”Ojo, no le digáis a las camareras que exquisita. En brasileño significa asquerosa”, murmura Raúl), un sabrosísimo arroz con brócoli, patatas fritas, frijoles, huevo picado… Una comida deliciosa. Espectacular.

Restaurante en Favela

Y la gente, al lado pasando. Y el panorama no deja de sorprender. “Podéis hacer fotos para dentro, con cuidado. Ni se os ocurra hacerlas para afuera. Esos de ahí enfrente, a 20 metros, están vendiendo. Los van cambiando. No duran mucho. O los matan o los meten presos”. Y, mientras comíamos, y con esa conversación tan real como surrealista, la naturalidad del día a día en la favela pasaba delante de nosotros. Y cada vez más gente en la calle. Y más tránsito. Y todos, gente aparentemente normal. Hasta los traficantes. Ya digo que aparentemente. No ves pobreza. Buenas ropas. Como mucho, cada hora pasa un niño al que Raúl le ofrece un helado. Si estás paseando por las playas de Copacabana, ves mendicidad, pobreza. Aquí, nada de eso.


Calles de la favela "A Rosinha" por pedroja

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Calles de la favela "A Rosinha" por pedroja

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Al rato, un tipo alto, fortísimo, con cuerpo de gimnasio y una enorme cadena de oro en el cuello llega en una moto de gran cilindrada. Para en la puerta de nuestro restaurante. Saludo a Raúl y nos mira. “Amigos españoles, turistas”, le dice Raúl. Nos extiende su mano, nos da la bienvenida y nos dedica la mejor de sus sonrisas. “Encantado”, dice en portugués. Se va. Se acerca a los chicos de enfrente, habla un rato y se vuelve a ir por donde vino. “Es uno de los jefes. La estructura de este sistema delictivo es piramidal. Los chicos están ahí para sacarse, con suerte, 750 euros al mes. Los de arriba son los que ganan. ¿Vísteis el bulto que tenía en el pantalón? No es un celular… Es una pistola”. Afortunadamente, no lo vimos, no. “El otro día, con un matrimonio de Barcelona, empezaron a pasar por aquí, desfilando, con fusiles AK-47. Y granadas en el cinturón. Una vez, llegó un pibe con la bazooka. La dejó aquí en la mesa, y se sentó a comer al lado”, seguía contando Raúl.

Y es que nuestro guía resultó ser la persona más sorprendente que he conocido nunca. Un guía absolutamente recomendable y de fiar. Y un tipo peculiar. Que vive al día. Pero de verdad, eh. Todo lo que gana cada día se lo gasta. “Me levanto cada mañana con 2 reales: uno para el periódico y otro para el café”. Luego, voy a trabajar. Y no tiene un pelo de tonto. Es la vida que ha elegido y está encantado con ella. Y nosotros con su conversación. Y así hasta la 1 de la madrugada. Viendo pasar. Saliendo de madrugada de una favela en Río de Janeiro. No sé si habré sabido transmitirlo; lo dudo. Pero, sinceramente, aún tengo la piel de gallina.