Ayer estuve hablando, vía mensajería instantánea, con Rosario durante un buen rato. Casi sin querer, la conversación nos llevó un poco a pensar en lo que había supuesto para mí este viaje. Y me dí cuenta de que aún no me había parado del todo a pensarlo. Imagino que la vida va demasiado rápido. El tiempo avanza, veloz, y no es fácil pararse y analizar.

No he sido nunca amigo de los tópicos. Suelo presumir de salirme un poco de lo habitual, del borreguismo al que tiene la sociedad. Suelo presumir de opinión propia. Sin embargo, he de confesar que esta vez el tópico me ha ganado de vuelta: un viaje de estas características te cambia la vida.

Y no creáis que es fácil explicarlo, pero es así. Me siento distinto. Cambiado. No sé si incluso algo liberado. Como si hubiera tenido siempre una necesidad oculta de hacer algo así. Y no creo que sea algo relacionado directamente con el viaje en sí, sino con la oportunidad de contarlo.

Siempre me he considerado periodista de vocación. Desde muy pequeño. Siempre me he querido dedicar a contar historias. Una especie de monstruo interior me ha pedido siempre comunicarme. Contar. Crear. Y ésta ha sido una oportunidad absolutamente única.

Si además, todo eso, lo unes al hecho de haber podido conocer tantas ciudades, tantas culturas y, sobre todo, a tanta gente tan fantástica, creo que es más fácil comprender a qué me refiero cuando hablo de ser otro siendo el mismo.

Saber que tengo amigos por todo el mundo, saber que he conocido a gente que sé que cuando vengan a donde yo esté quedarán conmigo para tomarnos esa cerveza pendiente e incluso saber que el viaje ha terminado…

Creo que el monstruo ha despertado y que no será fácil echarlo a dormir.