Petra by night

Despertarse en el Mar Muerto tras haber probado uno sus aguas medicinales y haber aprovechado un poquito las instalaciones de Spa realmente fue una sensación bastante agradable. La verdad es que el primer día había sido demasiado “de relax” para lo que acostumbro. Que yo soy animal de recorrer mundo y aprovechar poco los hoteles. Por eso, el día pintaba muy bien. Y no decepcionó.

Con los primeros rayos de luz, tras aprovechar el buffet del hotel, partimos camino al Monte Nebo. Jordania tiene un filón para aprovechar el “turismo religioso”. Por su geografía transcurren algunos de los lugares más importantes de la Biblia. Como el Monte Nebo. El lugar donde dicen que Moisés divisó la “Tierra Prometida” tras su peregrinación desde Egipto. Una visita obligada para el turista independientemente de su religión o credo. Por su historia y por la belleza del lugar, en lo alto de una colina con unas vistas fantásticas, además de un interesante museo arqueológico y una histórica basílica en reconstrucción en estos momentos.

Desde allí, partimos dirección Madaba, creo que la quinta ciudad más poblada del país y que se encuentra a media horita. Antes, parada de rigor en una tienda de artesanía jordana. Un lugar que, dejando a un lado los intereses de venta habituales, merece la pena. Al entrar, tienes la oportunidad de ver cómo se crean a mano (respetando la tradición) los mosaicos del lugar y, dentro, además de poder ver un poco lo que se cuece en cuanto a souvenirs típicos y tal, puedes disfrutar viendo como se crean también de forma artesanal los clásicos tapices y alfombras árabes.

Al ratito, empapados ya de grandes clásicos de la canción jordana (el chófer, Saaleh, era un crack y amenizaba los viajes con los últimos hits), destacando entre todos los escuchados la versión arabesca del “porompompero” (tremenda), y tras descubrir que son los reyes del coro, llegamos a Madaba.

La ciudad no es especialmente turística. Vaya, que no hay mucho que ver por sus calles, pero lo cierto es que me apetecía bastante perderme un poco por ella, encontrarme al ciudadano local, respirar su cultura, su día a día… Lástima que llegamos a las calles de Madaba en plena festividad y estaba todo bastante apagado. Durante toda la semana ha sido fiesta por allí (era su Semana Santa, “la fiesta del cordero”), y el lunes y el viernes eran festivos, por lo que estaba todo bastante apagado.

Sin embargo, Madaba tiene algo especial: la iglesia de San Jorge. No por casualidad, un tercio de la población de la ciudad es cristiana (da gusto ver cómo se integran los ciudadanos de diferentes religiones a pesar de ser un país eminentemente musulmán). La iglesia, griega ortodoxa, es famosa por su historia y, sobre todo, por su popular mosaico. Pese al paso de los años, el mosaico aún se conserva bastante completo en el suelo y en él se puede observar un antiguo mapa de Jerusalén que data del siglo VI d.c.

De allí, partimos dirección Petra, donde pasaríamos la noche. El viaje en carretera no es especialmente largo, aunque hay que hacer un par de paradas estratégicas.
La primera, a lo largo de la reserva natural de Wadi Mujib. El agua en Jordania (salvo un poquito en el norte) es un bien más que escaso, por lo que el paso de un río genera vida y naturaleza. Y la vista merece la pena.

La segunda, más importante, es el castillo Karak. Karak es una ciudad que se encuentra a medio camino de Petra. El castillo está chulo, especialmente durante el atardecer. Pero si vas con poco tiempo, puedes incluso obviarlo y aprovechar más en Petra. Aunque, vaya, que no está mal pasear por sus galerías y dar una buena vuelta por allí.

También nos pasó algo curioso. Ahí estábamos Juan Luis y yo, tranquilamente con nuestras fotos y nuestros vídeos, cuando topamos con un simpático neoyorquino que nos dio conversación. El hombre era un crack, un estadounidense que trabajaba en Arabia Saudita construyendo una universidad (”El dinero tira mucho”, llegó a sincerarse) y que como por allí poco turismo podía hacer aprovechaba para recorrerse los mejores sitios de Oriente Próximo. Lo curioso, más allá de la conversación, fue que al día siguiente nos lo volvimos a encontrar en Petra y seguimos hablando otro buen rato. En fin, que el mundo es un pañuelo…

Y llegamos a Petra. Sin duda, uno de los lugares del planeta que más ganas tenía de conocer. Sobre todo desde que comenzó el viaje y desde que Juan Luis me iba poniendo los dientes largo contándome sus historias y enseñándome sus fantásticas fotos. Ya os contaré cómo es Petra de día (puedo adelantar que es increíble), pero os voy a adelantar cómo es por la noche.

Para empezar, contar que acceder a Petra vale, más o menos, unos 20 dinares. Que vienen a ser unos 24 euros. Y un par de advertencias: durante la noche, la visita a Petra está “seccionada” y hay gran parte del encanto en saber algo de inglés. Vamos, que sólo se permite llegar hasta el “tesoro” y que el “espectáculo” es en inglés. Sabiendo eso, el ir o no ya es cosa de cada cual.

A mí, personalmente, no sólo me mereció la pena la visita nocturna sino que me fascinó. Caminar por el desfiladero que te lleva hasta allí sobre un sendero de velas en una noche con una luna casi llena que iluminaba el lugar y llegar hacia El tesoro de noche es una experiencia única. Yo hice lo que pude con mis medios y conocimientos fotográficos. Pero Juan Luis ya os deleitará con sus foticos, que ya veréis, ya.

El “Petra by night” es, realmente, un espectáculo de luces de vela, sombras y folklore. Delante de El tesoro, un beduíno da un speech en inglés contando la historia del lugar y lo amenizan con una actuación musical que dado la magia del lugar a mí me pareció de lo más chulo.

Pero lo mejor llegó cuando dejamos irse a la gente. Mientras todos salían, nosotros aguardábamos a la calma. Y qué gran acierto. El paseo de vuelta, amenizado por la charla que tuvimos con el grupo de españoles que viajaron con Dahab Travel fue una auténtica delicia para los sentidos y la realización del sueño de todo fotógrafo. Ya os lo contara Juan Luis, ya.