arena desierto

En Petra estuvimos alojándonos en el hotel Taybet Zaman. Un fantástico cinco estrellas que, seguramente, sea el hotel más original de la zona. Ciertamente está un poco alejado de la zona turística, pero tiene algo especial. Seguramente sea el toque “local”, con bungalows bajos que han respetado la tradición de la zona y que otorgan un ambiente cálido al visitante. Merece la pena.

Desde ahí partimos hacia el sur de Jordania. Aunque íbamos a pasar la noche en Aqaba, lo interesante del día era completar una de las excursiones más apetecibles de todo el viaje: la visita al desierto de Wadi Rum, un lugar que hizo famoso Lawrence de Arabia y que se ha convertido en una de las grandes minas de oro (turísticamente hablando) de Jordania debido a su originalidad y belleza.

El desierto es, lógicamente, muy grande. Pero se ha preparado una zona de “recepción de visitantes” que centraliza el turismo. Allí se ofrecen excursiones en 4×4 que te adentran un poco en el desierto. Hay varias fórmulas dependiendo del tiempo contratado que fluctúan entre 30 y 50 euros aproximadamente. Pero, vamos, que merece la pena. El lugar es fantástico.

Nosotros, como ha sido habitual durante el viaje, llegamos a una hora que nos permitiera disfrutar al máximo de la puesta de sol. Vivir un atardecer en el desierto sonaba maravilloso. Y no decepcionó.

La sensación que se le queda a uno, ahí, quieto, perdido entre la inmensidad y el silencio, es única. Y los colores. Todos los tonos posibles desde el rojo al amarillo pasando por la mayor variedad de naranjas existente reflejados en la roca y la arena. Y el viento. Y el silencio. Y la luna empujando al sol. Y no puedes parar de hacer fotos. Y el sol se va escondiendo. Y el frío va ganando enteros. Y los beduínos que te llaman para regresar. Y nosotros, con las cámaras, sin ganas de que se acabe. Pero se acaba. La noche llega cerca de las cinco de la tarde y hay que tomar camino de Aqaba. Una tarde mágica.