el cairo panorámica

El Cairo es, obviamente, la ciudad más importante de Egipto. Se trata de una enorme megalópolis que sólo uno asume cuando descubre que en sus calles viven, ni más ni menos, 22 millones de personas. La mitad de habitantes que toda España, por ejemplo. Un dato que la convierte en la tercera ciudad más poblada del mundo.

Si hay que definir la capital egipcia con una sola palabra, como comentaba en el post anterior, la palabra adecuada es: caos.

Sólo me había encontrado con un lugar parecido en toda mi vida y, por tanto, las reminiscencias las veía en todos lados. Ese sitio era Bangkok.

Eso sí, aquí el caos es distinto. Pese a que a la hora de la verdad todo se traduce en lo mismo, los árabes y los asiáticos son bastante diferentes.

El Cairo es una ciudad muy contaminada. Especialmente en la acústica. Lo primero que deja al visitante con la boca abierta es el ruido. El de los cientos de miles de coches que abarrotan las calles y el de los cientos de miles de claxon que suenan al mismo tiempo recreando una sinfonía de bocinas que es imposible que pase desapercibida. Los cairotas utilizan la bocina casi en estéreo con el pedal de acelerador.

Vamos, que sólo hay dos escenarios: si eres peatón, asume que tendrás que jugártela para cruzar la calle (los semáforos apenas existen y cuando los ves te das cuenta de que para los locales son simplemente una lucecita que cambia de color por ciencia infusa). Si vas de “paquete”, bien en un taxi o en un coche de tour operador o autobús, agárrate los machos y si no quieres sufrir no mires. O mejor, no pienses.

Los egipcios dicen de sí mismos ser los mejores conductores del mundo. Un rato después de ir con ellos en el coche no puedes dejar de darles la razón. De lo mal que conducen han de ser más precisos que Fernando Alonso si quieren llegar a casa esquivando todo tipo de obstáculos por la calle. Y cuando digo obstáculos, digo a coches circulando por tu carril pero en sentido contrario. Personas que cruzan donde les da la gana y como les da la gana, coches que invaden tu carril (bueno, el concepto carril es que no lo dominan), camellos, burros, gente parada en las cunetas o carriles de las autopistas…

Ah, y luego está el tema de las luces. No son obligatorias ni de noche (sí, sí. Se puede conducir de noche sin luces) y muchos, pero muchos, no las llevan por no gastar batería. O porque perdería aquello del riesgo, quién sabe…

Más allá de todo esto, que es verdaderamente un shock para el occidental, El Cairo tiene un montón de rincones por descubrir que no puedes dejar pasar si visitas el país.

La mezquita de alabastro en la Ciudadela de Saladino es una de las visitas obligadas. No es la más grande de El Cairo, pero sí la más bonita. Es una réplica de la mezquita de Santa Sofía de Estambul (de hecho, es del mismo arquitecto) y destaca por sus altísimos minaretes (por cierto, a El Cairo se le conoce como “la ciudad de los mil minaretes”.

mezquita alabastro

La ciudadela, por su parte, es una fortificación antiquísima que tenía como objetivo defender la ciudad y que, lógicamente, pasó por muchas manos a lo largo de la intensa historia egipcia.

Desde allí, en lo alto de la colina, se puede disfrutar de una fantástica panorámica de El Cairo, aunque no tuvimos mucha suerte con la luz (en general nos paso bastante durante el viaje) y la “kalima” impedía ver la ciudad de forma clara. Eso sí, los colores de la ciudad, apagados, grises y marrones, tampoco le dan una belleza fuera de lo común.

Poco después abandonamos la ciudadela para visitar el barrio copto. Los griegos llamaban “coptos” a los egipcios pero después de que fueran conquistados, la expresión se quedó para calificar a los cristianos. El 20% de la población de Egipto es cristiana ortodoxa y en este barrio es donde vive la mayoría en El Cairo. La iglesia del barrio copto que visitamos tiene una gran peculiaridad, que es que fue erigida en la torre de una antigua muralla romana.

El encanto que tiene este barrio reside fundamentalmente en sus calles, por donde puedes pasear entre callejones con en canto, libros, calles adoquinadas… Nosotros, además, encontramos una wifi (ciertamente es una obsesión) y pudimos revisar algo nuestro email e incluso “twittear” algo para “quitarnos el mono”.

Lo siguiente que hicimos fue acudir a uno de los sitios más increíbles del país y, por su historia e importancia en la humanidad, del mundo.

El Museo egipcio de El Cairo alberga algunos de los restos históricos más fascinantes del planeta y es uno de esos sitios que merecen ser recorrido durante varios días para poder disfrutarlos al máximo empapándose de historia. Lamentablemente, en su interior no se pueden tomar fotografías ni grabar vídeo.

Nosotros, claro está, sólo teníamos un ratillo. Pero pudimos disfrutarlo al máximo, especialmente en la zona dedicada al famoso Tutankhamon. La popularidad de esta faraón, pese a su escasa importancia en la historia, se debe a que su tumba es la única que ha podido ser descubierta en los tiempos modernos con todo su tesoro en el interior, sin haber sido saqueada por los ladrones a lo largo de los tiempos.

En el museo se puede visitar su tesoro, lleno de joyas y oro, los sarcófagos, todos los objetos que fueron incluidos en la tumba… Ciertamente fascinantes.

Tras el museo, tocaba comer. Pero queríamos hacerlo donde de verdad comen los egipcios, los locales. Nos apetecía algo así rápido pero típico. Y cuando hablamos de típico no nos referimos a lo típico para el turista sino para el día a día de la vida de la ciudad.

Y terminamos en Felfela, un restaurante, digamos, de “Fast food árabe” en el que comimos de maravilla y a precio fantástico. Comida para dos personas, unos 4 euros en total. Con bebida y entrante. Porque de entrante tomamos el plato típico local. Una exquisita combinación de lentejas, garbanzos, arroz, pasta, cebolla y especias que, de verdad, estaba de lujo. Y luego unos bocatas pero de lo más original. En un plan así como de “hot dog”, y relleno de carne, pimentos y alguna que otra salsa, nos zampamos un bocadillo que nos supo a gloria. Un sitio que parece que es como una franquicia y que no puedes dejar de visitar si andas por aquí.

Tras el almuerzo, nos quedaba el que creíamos que iba a ser uno de los platos fuertes de la visita a la capital egipcia: el bazar de Khan el Kalili. Lo que pasa es que el día era extraño. Justo el día anterior había ocurrido un trágico atentado en el local y varios turistas habían perdido la vida, por lo que la zona estaba prácticamente vacía, casi sin gente por unas calles que suelen estar abarrotadas.

Aún así, el juego del regateo era inevitable y recorrer sus angostas calles es más que recomendable. Lo de comprar algo ya va a gusto de cada cual y de las ganas de “marcha” que se tengan.

Normalmente, los vendedores empiezan con precios que suelen llegar a ser un 60% más del precio por el que realmente están dispuestos a vender. Especias, algodón, recuerdos típicos de Egipto, mucha figura faraónica, papiros, jeroglíficos, joyas, alabastro… Todo eso y mucho más es lo que se puede encontrar en el que es el zoco más importante de Egipto.

Como curiosidad, mientras degustábamos un carcader fresquito, que es la bebida típica de la zona (también se puede tomar caliente y sabe como a frutas del bosque), nos entrevistaron para la radio de El Cairo. Una guapa periodista árabe, ayudada por nuestro guía, que hacía la traducción simultánea, nos preguntaba sobre nuestra impresión sobre el atentado, sobre el por qué de estar allí un día después, si no teníamos miedo, si habíamos alterado nuestro itinerario, si creíamos que Egipto era un país seguro…

Un rato después, estábamos ya en el aeropuerto donde íbamos a tomar el avión hacia Luxor para subirnos al crucero con el que recorreríamos lo que los antiguos llamaban “Alto Egipto” en los próximos días.