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La mayoría de los paquetes vacacionales que se ofrecen para Egipto incluyen unos cuantos días a bordo de un clásico crucero por el río Nilo.

El itinerario puede partir de Luxor y ser contracorriente hacia Aswan, o puede ser al revés. Nosotros hicimos el primero de los recorridos por el Nilo, el único río del mundo que fluye de sur a norte.
El tema del crucero, sinceramente, a mí no me encajó mucho. Si eres del tipo de turista al que le gusta que le den todo hecho, que simplemente haya que seguir horarios y dejarse llevar, sin duda este recorrido será ideal para ti. Pero si eres de los viajeros más independientes, como es mi caso, te sentirás un poco atado de manos. O un mucho, para qué engañarnos. El funcionamiento es siempre el mismo: una llamada para despertarte a horas intempestivas para llevarte de templo en tempo con el remanso de grupos similares al tuyo.

Eso sí, lo que sin lugar a dudas no tiene desperdicio es lo que te vas a encontrar en las visitas. Si la cultura de los antiguos egipcios es algo que siempre me había llamado la atención (recuerdo mis años de estudio de arte), ver esas antiguas maravillas en vivo y en directo no tiene precio. No paras de pensar en el cómo y en el cuándo para darte cuenta de la inmensidad del progreso de aquella civilización.

Lo primero que visitamos nada más amanecer fue El valle de los Reyes. Para mi gusto, bastante descafeinado. La principal razón era que no me dejaban grabar, con lo que ya me cortaron bastante el rollo. La segunda es que dentro tampoco es que haya mucha chicha. Eso sí, la idea de pensar lo que allí hubo no te deja indiferente. Se pueden visitar un par de tumbas (completamente abarrotadas por los cientos de grupos que llegan simultáneamente) e, incluso, se puede entrar a la famosa Tumba de Tutankhamon. Eso sí, esta se paga aparte (como las bebidas en los buffetes, por cierto).

Las tumbas por dentro merecen la pena, eso hay que dejarlo claro. Algunas aún mantienen algo de colorido original y sus grabados son absolutamente asombrosos. Lástima que con el paso de los años no se hayan encontrado en el estado original por culpa de los innumerables saqueos que han sufrido a lo largo del tiempo (al contrario que la de Tutankamón, claro, que se ha ganado su fama por ser la única encontrada tal y como estaba originalmente).

Según cuenta la historia, los Antiguos Egipcios consideraban que la orilla occidental del Nilo era la de los muertos y que la oriental era la de los vivos. Por eso, todo lo que se puede visitar en el margen izquierdo de este eje de vida en el país son, realmente, templos funerarios. Desde las pirámides en el norte hasta aquí, por ejemplo.

Si en el Imperio Antiguo enterraban a los faraones en las pirámides, con el paso del tiempo, y seguramente por dos lógicas razones (lo caro de las pirámides y la clara señalización de la tumba que facilitaba el robo a los ladrones), decidieron cambiar el sistema e ir enterrándolos en tumbas excavadas en las rocas.

En 15 0 20 minutos, nos encontrábamos en el inmenso templo de Ramsés III. Su enorme pilón (la pared de entrada) lleno de jeroglíficos grabados te deja de piedra. Una sensación que no te quitas según vas caminando en su interior, abrumado entre enormes columnas o detallados capiteles. O bajo relieves con un nivel de detalle que uno no se cree. Como además es el primero de los grandes templos que te encuentras, el cuerpo te pide quedarte allí mucho rato y seguir maravillado. Pero hay que seguir adelante.

Muy cerquita de este valle, están los Colosos de Mmemonn. Aunque a día de hoy sólo quedan en pie los dos amiguetes, antes esta era la puerta de entrada a un gran templo allí erigido. Ciertamente son dos esculturas inmensas, aunque en un par de minutos has acabado la visita.
Un ratito después, estábamos subidos a una Taxi en el Nilo que nos iba a llevar a la otra orilla, donde íbamos a ver dos de los más importantes templos del país.

Lo que hoy es Luxor, antes era Tebas. Y Tebas era al Alto Egipto (sur), lo que Menfies era al Bajo Egipto (norte). Luego la capital de la zona.

Los templos de Luxor y Karkan se encontraban unidos en la antigüedad por una vía de 3 kilómetros señalada por esfinges a ambos lados.
El primero que visitamos es el Templo de Luxor. En la entrada, lo primero que te llama la atención es su obelisco. Suena conocido. Es el gemelo del que el Gobierno egipcio regaló al Gobierno francés y que hoy se encuentra en la Plaza de la Concordia en París.

Se trata de un templo que en origen fue construido para el faraón Ramsés II pero que luego también lo fue para Tutankamón. Y es totalmente increíble. Uno imagina cómo debió de ser en pleno esplendor y se le ponen los pelos de punta. Eso sí, había tanta gente que era difícil caminar… Y el calor. Parece increíble pero en pleno mes de enero, hacía mucho calor ya por la zona. No puedo imaginar cómo será aquello en verano. Y si lo puedo imaginar creo que no quiero vivirlo…

Como el Templo de Karnak se encuentra muy cercano, en unos minutos ya estábamos ahí de nuevo. El día estaba empezando a ser agotador, pero aún nos quedaba lo más duro. Y es que Karnak es el templo más grande de todos. Pero enorme, oiga. Y al mismo tiempo, espectacular.

Si el de Luxor tenía un aspecto grisáceo, éste lo tenía rojizo. Su estado de conservación es bastante bueno y se puede pasear por su interior para admirar sus enormes columnas (más de 100), sus obeliscos, el escarabajo sagrado del que dice la leyenda que te concede deseos si le das tres vueltas (no se las dimos porque menuda tropa había al lado haciéndolo…)… Incluso se podía ver el pilón inacabado y la rampa de adobe que utilizaban para construirlos. Iban poco a poco subiendo para ir colocando las piedras.

La única lástima, que para nosotros verdaderamente era un contratiempo, era que la luz del sol con la que topamos era la peor para nuestros intereses audiovisuales. Pero poco podíamos hacer.
Con esa visita se terminaba un día de lo más completo en una ciudad que, por cierto, se nota que vive del turismo. Eso sí, no pudimos movernos por allí por aquello de que uno está atado a los horarios del barco.

Vamos, ser terminaba el día en cuanto a visitas. Porque luego zarpábamos camino de Esna, donde hay que hacer una larga cola para conseguir pasar por las esclusas con el barco. La tarde la aprovechamos para trabajar un poco (sí, aunque no lo parezca esa es la realidad de todo esto) y, cómo no, para vivir uno de los mejores momentos del viaje. Al menos, de los más divertidos.

Justo cuando el barco se aproxima a la zona donde va a estacionar, un buen puñado de barcas se acercan a toda velocidad. Y cuando crees que van a ser atropelladas totalmente, de repente te das cuenta de que dentro hay un par de egipcios cargados de chilabas, toallas y vete tú a saber qué más que quieren venderte. Sí, sí, venderte desde el agua. Y tú, mientras, en la cubierta. Y regateo de por medio a grito pelado. Y lanzamiento de chilabas desde abajo. Y devolución de chilabas desde arriba. Y risas. Y gritos. Un gran rato, sí señor.